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    Leyendo "Mi pasión por el ajedrez", de David Bronstein, me encuentro un párrafo en el que lamenta que nadie se haya decidido a publicar los artículos de Bent Larsen. Justo al final hay una llamada, y en la nota a pie de página el editor explica que en realidad varios sí llegaron a publicarse... en Santa Eulalia de Morcín. 

   No sé si el gran maestro Bronstein, que alguna vez estuvo en Asturias, llegó a conocer Morcín. Supongo que no, porque tampoco es que sea uno de esos lugares a los que se suela llevar a los visitantes distinguidos, como la Cámara Santa de la catedral o la basílica de Covandonga o los monumentos prerrománicos, sino más bien uno de esos que prefieren eludirse y ni se mencionan. Una de esas villas mineras en decadencia donde podría rodarse perfectamente la próxima entrega de Mad Max sin gastar mucho en attrezzo... Esa Asturias suele esconderse al turista convencional, y no digamos ya al de lujo, para que no se lleve una impresión equivocada del paraíso natural y piense que además de los paisajes y la gastronomía y las reliquias doradas y adoradas existen sitios así, localidades carbonizadas por las reconversiones y demás donde los restos de arqueología industrial pacen sus hierbajos como viejos saurios oxidados. La engañosa riqueza de otras épocas ahora es devastación, bloques de vivienda barata y paro, un espantaturistas en mitad de los prados ante el que todo el mundo se pregunta por qué no lo arreglan o lo pintan o algo... "En Alemania hacen unos alojamientos preciosos para jóvenes en las fábricas antiguas...". "Ya, pero es que aquí los jóvenes no quieren alojarse, lo que quieren es alejarse lo antes posible...". Es la Asturias que se barre debajo de la proverbial alfombra de verdor y gaitas, la ruinosa y arruinada, y pensando en todo aquello me puse a imaginar la cara que se le habría quedado a Bronstein si paseando por allí se hubiese encontrado de pronto con el libro que tanto deseaba ver publicado, con una edición única en el planeta de algunos de esos raros y magníficos artículos sobre ajedrez de su querido amigo Bent. En lugar de una buena impresión se habría llevado dos o tres por lo menos, incluso sin entenderlas. 

    Y es que hay cosas que no hace falta entenderlas del todo para disfrutarlas, para crear con ellas de pronto movimientos de auténtica belleza improvisada, y Bronstein lo sabía además. Dicen que por eso perdió el campeonato mundial contra Botvinnik, por no renunciar a su juego imaginativo frente a un rival que dominaba la solidez táctica y el pragmatismo posicional como nadie. Pero estuvo a punto de ganar, fue por los pelos, y hoy todavía corren ríos de tinta cavilando sobre qué habría pasado si la visión de Bronstein se hubiese impuesto en esa última partida, sobre el punto de inflexión que eso habría supuesto en la teoría tradicional. Nunca se sabrá, claro, y lo único que yo me atrevo a suponer es que al subcampeón más admirado de todos los tiempos, al perdedor con más y mejor estilo propio, seguramente le habría gustado Morcín. Le habría encontrado su historia y su punto. 

   

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