97.

    Supongo que se nota, pero nunca sé lo que voy a decir cuando me pongo a teclear. La gracia de hacerlo consiste en eso. Muchas veces la entrada acaba saliendo por peteneras, ese es el riesgo, como cuando en ajedrez ves una de esas jugadas que parecen magníficas y después te las refutan con un solo movimiento y pierdes la partida. Aunque tienes que hacerlas de todas maneras, seguir aquel consejo de Mijaíl Tal: primero sacrificas y después calculas. No al revés, porque aunque ganes siempre va a quedarte la duda de a dónde te habría llevado ese vislumbre, esa intuición. El tipo llegó a hacer jugadas que parecían auténticas chifladuras, suicidios sobre el tablero, hasta que de pronto todo empezaba a armonizarse y encajar de un modo mágico. Igual que un pequeño ecosistema que al sufrir un cambio brusco se las apaña para adaptarse y encontrar un nuevo equilibrio que nadie había podido sospechar. Esa fuerza es la creatividad, y aunque no siempre termina con éxito cuando lo hace es de verdad conmovedor. Una prueba irrefutable de que esa magia existe. 

   Luego, cuando la estudian, ya le encuentran la lógica. Te la joden. Se reduce a una ecuación comprensible, a una estrategia brillante pero fundada en principios teóricos, y se olvidan de ese momento en el que lo único que hizo alguien fue buscar lo desconocido y encontrarlo, convencido de que estaba allí. jugarse la victoria persiguiendo ese misterioso vector. Tal vez se había tomado un par de vodkas previamente para estimular el ímpetu, y sin duda era lo bastante experto en táctica como para no ir del todo a ciegas y presentir con algún criterio que en esa posición sólida en apariencia había una debilidad determinante, un punto vulnerable que surgiría si la situación se descontrolaba con un ataque inesperado y kamikaze, sacrificando una valiosa pieza de pronto. La teoría no había calculado eso: que alguien no calculara antes, sino después. Eso sería una estupidez, y a la teoría no le interesan las estupideces. No pierde su valioso tiempo con ellas, y encima suele ganar los torneos. Pero ese cabronazo con pinta de majara, con sus cigarros - tres paquetes al día - y sus chupitos y su convicción de que había que dislocarlo y enloquecerlo todo, conseguía derrotar uno tras otro a los candidatos con sus sacrificios absurdos, y en la final mundial le estaba dando leña al campeón indiscutible, Mijaíl Botvínnik, el jugador más eminentemente posicional y seguro de todos, que hasta le menospreció en la prensa al perder el título y dijo que su triunfo era una desgracia para el ajedrez. Hoy esto ya es historia antigua, y teoría también, pero entonces fue casi magia, un prodigio hechizante en el universo de las sesudas y minuciosas estrategias. No calcular antes, sino después, y si te estás quedando calvo dejarte melena, como Juan Tamariz... Porque quizá la magia nunca es del todo real, pero el ilusionismo sí, y mucho cuidado con despreciarlo. No hay autoengaño mayor que pensar que las ilusiones son falsas y que la vida real es otra cosa más seria. Eso es en el fondo perder. El truco que nuestros rivales siempre usan para llevarnos al terreno que dominan. 

  

 

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